¿Tienes una consigna, cual grito de guerra, cuando te quedas completamente solo, siendo amo y señor en tu casa? La mía, como William Wallace, interpretado por Mel Gibson en corazón valiente es: “¡Libertad!”
No hay privilegio más santo que el de desligarte por completo del mundo sin partir a otro sitio, sin ser exiliado, sin tener que inventarte un camino y un rumbo, sin buscar con desespero un templo en el que puedas retirarte entregándote al silencio, a la nada y al vacío. Cuando tienes la casa para ti solo, por completo, se vuelve inmensa y majestuosa como un monasterio olvidado, ya que en su momentáneo abandono, tú te abandonas, apaciblemente, en él. Te transformas, o mejor dicho, te permites ser: Actúas como un niño creativo, feliz y loco; cantando estupideces, revelando bailes exóticos e invocando espíritus ancestrales para que te acompañen en tu gozo, o, te quedas inamovible, contemplativo, hundiéndote en el callado respirar de tu hogar. Una quietud así, no puede ser profanada con perturbaciones ridículas ahora que posees esta oportunidad, este honor.
Actúes como actúes, lo disfrutes de la manera en que quieras y te permitas disfrutarlo, me he dado cuenta hoy, -después de tantos años, sin tener al menos una hora de total control en esta fortaleza- que es un menester y una urgencia ese espacio solitario y privado para alcanzar el balance y la paz anhelada, reintegrando, quizás, todas tus partes disociadas, torcidas, acalambradas, oprimidas y cansadas. El alma necesita reír a solas, como “el loco” de Gibrán Khalil, descender a su infierno a solas, visitar su cielo a solas, gritar, llorar y crear a solas. En necesario volver a verte a solas, sin prejuicios, sin influencias externas. Es necesario que puedas atravesar el otro lado del espejo por ti mismo.
Sé de esas personas que no toleran estar solas, que no soportan “el ruido del silencio”. En ellas hay un miedo infundado al desamparo que provoca la inmensidad de la soledad. Desconocen su hermosura y sus dones.
Sepan, estimados y estimadas, que la soledad posee una sabiduría bellísima que no se halla en nada más. Hay en ella una enseñanza más profunda y honesta que en cualquier otra cosa, porque devela misterios, secretos y claves de un valor inigualable para la humanidad y el individuo si sabemos interpretarla.
Sepan, estimados y estimadas, que la soledad posee una sabiduría bellísima que no se halla en nada más. Hay en ella una enseñanza más profunda y honesta que en cualquier otra cosa, porque devela misterios, secretos y claves de un valor inigualable para la humanidad y el individuo si sabemos interpretarla.
Estar solo en plena soledad, desde un plano positivo, es de lo más virtuoso que conozco. De entre los más benditos placeres que puede entregarnos la vida, es el de respirar al silencio. Así que si gustas experimentar algo único, quédate a solas contigo sin nadie alrededor, libérate de cadenas. Ni si quieras tienes que desenmascararte por completo si no estás listo ni te interesa, pero al menos date la oportunidad de leer en voz alta, escuchar música a todo volumen, de reír por tonterías hablando contigo mismo, de inventar canciones para nadie y dedicar bailes al éxtasis sin miedo al ridículo, es liberador como una de las mejores experiencias y procesos sanadores.
Puede ser que yo no haya hecho todo eso, porque no tuve el tiempo necesario, solamente unos breves instantes, pero fue refrescante como una bocanada de aire nuevo y limpio mientras duró. Yo lo aproveché para vocalizar mantras y escribir. No me bastó, pero fue un comienzo.







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